Por Valeria Badano (*)
…La imaginación es una tenue
percepción […] Una percibe el mundo tal como realmente es, un poco borroso pero
lo ve y entonces la gente cree que una inventa y dice :-¡Qué imaginación tenés,
mirá las cosas que se te ocurren!... (Gorodischer 21)
La naranja maravillosa de Silvina Ocampo[i]
es una antología publicada por Ediciones Orión (1977 y 1981) que reúne una
serie de cuentos para niños y con niños -como afirma en el prólogo Enrique
Pezzoni-, que permiten vislumbrar el modo en que Ocampo poetiza el mundo según
la estética infantil.[ii]
Ocampo ubica a cada
uno de sus relatos en un mundo real pero que es interpretado de un modo
particular, según su propia visión que no teme resultar inverosímil para el ojo
del adulto.
En la estética que
propone Ocampo, el sujeto le da forma a las cosas, es ese sujeto cognoscente el
que construye, el que ordena la realidad y en este proceso esa realidad
construida responde a la forma que el sujeto necesita que las cosas tengan. Tal
construcción de la realidad conforme a las necesidades del sujeto hace pensar
en una vinculación de la estética de Ocampo con el formalismo kantiano. El
mundo conocido es el mundo construido, éste es el mundo de la experiencia
posible. De esta manera se refuerza una diferencia entre lo real como aquello
que no conocemos por no estar simbolizado y la realidad que es ese mundo
aprehendido –comprendido- a través de la simbolización.
Ver lo cotidiano
En una entrevista
realizada al pintor Magritte, éste expuso una serie de ideas que se emparentan
con la manera particular en la que Silvina Ocampo ve el mundo:
…Nunca muestro objetos raros o
extravagantes en mis cuadros… son siempre cosas familiares, nada extravagantes.
Pero esas cosas familiares están agrupadas y transformadas de manera tal que al
verlas pensemos que hay otra cosa que no pertenece al ámbito de lo familiar y
que aparece al mismo tiempo que las cosas familiares… (Virilio 40)
De esta manera, el
mundo empieza a ser visto de otro modo y los niños son lo que habilitan esa
perspectiva que consiste en “…mirar lo que uno no miraría, escuchar lo que no
oiría, estar atento a lo banal, a lo ordinario…” (40) Es así como la mirada de
los niños se presume como ilusión del mundo.
Los relatos de Ocampo
resultan ser un recorrido de esa construcción de la realidad por eso se
corresponden a una lógica onírica en cuya narratividad hay un planteo del
problema y hay acciones que se desenvuelven en episodios. Sin embargo, la
mayoría de ellos no tienen una conclusión racional; el final de la historia
llega así, imprevistamente sin mayores explicaciones, y cuando las hay, no
responden a lo esperable: no hay enseñanza, sólo el disfrute por formar parte
de una serie de acontecimientos que son relatados como pudieron suceder. En tal
procedimiento se pone en marcha un mecanismo erótico por el cual se pueden
reconocer los intersticios que comunican lo real no simbolizado y las
simbolizaciones posibles que son asumidas como fenómenos naturales.
Por ello, lo que
podemos encontrar en esos cuentos es la expresión de la naturalidad con la que
el niño crea al mundo sin restricciones devenidas de la lógica.
Algunos de los relatos
responden a la tradicional dualidad inscripta en la estructura narrativa: niña
linda / niña fea; niña pobre / niña rica; niña buena / niña mala –que actualiza
la forma de oposición de las dos hermanas presente en la cuentística
tradicional.
La utilización de esta
forma canónica, no obstante, visibiliza la fisura que los relatos proponen porque,
aunque hay una presentación que podría hacer presumir la repetición de las
antiguas formas del relato tradicional, éstas son resueltas de un nuevo modo
por Ocampo. En primer lugar porque en ellos no hay una búsqueda de moraleja ni
un sesgo de literatura didáctica sino, simplemente, la exposición y la
percepción de ese otro-mundo que habitan
los niños, que está regido por otro tiempo y fundado en otro espacio. Como
explica Pezzoni “…la realidad es en
el instante en que [los niños] la miran: contemplar es un acto de creación y de
conocimiento, una operación mágica sin ambición de dominio…” (9)
En el cuento “La
naranja maravillosa” hay algunos elementos textuales que refieren al relato
tradicional que, paulatinamente son invertidos o reformulados. La presentación
de una pareja de amigas –Claudia y Virginia- podría señalar la oposición propia
de las dos hermanas presente en los cuentos tradicionales. Sin embargo, en este
cuento las dos niñas presentan carencias, no hay una jerarquización de ellas
respecto a los bienes que poseen. Una es desconfiada y la otra, fea; asimismo,
la fealdad de Claudia es acompañada por su pobreza y la desconfianza de
Virginia por su ignorancia. Comienza diciendo el cuento:
Claudia y Virginia estaban tristes:
una porque era fea, la otra porque era desconfiada […] -¿Qué haremos? –decía
Claudia-. Soy tan fea, soy tan pobre. Mi vestido está lleno de agujeros y mis
zapatos no tienen suelas. –Es más lindo andar des descalza. Y yo que no puedo
aprender nada –se lamentaba Virginia-. Que digo todo al verse… (Ocampo 27)
En ninguna de las dos
niñas está expuesto el ideal positivo respecto de la otra, ambas están tristes.
Esto las lleva a visitar un lugar donde les prometen resultados maravillosos
para sus desventuras. Aquí el relato se quiebra en su realidad, la de la
carencia de esas chicas, porque el lugar está ubicado en la calle Carasucia
11.924.752, Villa Deliciosa y allí sólo es posible que habite un mago
Chucuchucu y que éste tenga en su poder naranjas mágicas. Las niñas responden
al llamado de la magia y continúan con el procedimiento tal cual se prevé en
los cuentos tradicionales: Se encuentran con las naranjas, eligen las más
bellas y, por supuesto, obtienen el cambio: Claudia se vuelve bella y fina y
Virginia resplandece por la belleza de la inteligencia. Cada
una expone la visión de mundo desde esa nueva óptica: las ventajas de ser tan
bella y las ventajas de ser tan inteligente. Y aquí hay una intromisión del
propio mundo de Silvina, la inteligencia es expresada como cultura letrada
porque Virginia habla de escritores y de sus obras,
-¿Sabés quién ha escrito La divina Comedia y en
qué año? La escribió
Dante, no lo confundas con diente. Recuerdo algunos versos,
que diré después, si te interesan […] ¿Sabés quién escribió Fervor de Buenos
Aires? Sin embargo es un autor argentino y tendrías que saberlo… (31-32)
Así, el cuento
funciona, también, como un mecanismo intertextual.
El primer encuentro
con las naranjas tiene un efecto perecedero, por eso cuando las niñas vuelven a
sus casas, cada una es como era. Por eso deciden retornar a la casa del mago
pero allí queda sólo una naranja chica y estropeada. Al tomarla, comprueban
que ella es la realmente maravillosa
porque en ella está la posibilidad de ser diferentes a lo que han sido, para
siempre. Y cuando el cuento parece cerrarse en una historia con final feliz y
una enseñanza que señala una interdicción al modelo de género (no siempre lo
bello es bueno), las dos niñas se quejan, insatisfechas, por el bien obtenido
haciendo que el texto vuelva a presentar una resquebrajadura en lo estructural
consolidado y se abra a nuevas funciones textuales donde el intersticio expone
la realización de una nueva realidad.
Sin embargo, a veces, las dos niñas,
como eran caprichosas, lloriqueando decían: -¡Quiero volver a ser pobre, a ser
fea –decía Claudia-. La gente me quería más, me llamaban: “Vení pichicho para
acá. ¿De dónde sacaste esos ojos?”. Y yo andaba descalza y trepaba a los
árboles y comía fruta verde… (34)
El mundo posible
En los cuentos “Los
dos ángeles”, “Icera”, “Ulises”, “Viviana la curiosa” y “El moro”, por ejemplo,
la realidad presentada puede considerarse ‘atormentada’. La muerte, el
sufrimiento, el castigo, la crueldad y el masoquismo podrían leerse como los
tópicos de ellos. Ocampo al utilizarlos los naturaliza y así muestra otro aspecto del mundo de los
niños. Dice Marta López-Luaces que “…los
niños que protagonizan estos cuentos imponen su propia visión de la realidad,
una visión que borra o trastrueca muchas de las categorías y estructuras
sociales…” (64)
La pugna entre Eros y
Tánatos se hace efectiva en esos relatos de manera que se expone la visión
alternativa de la realidad: Tánatos. En “Viviana la curiosa”, este
enfrentamiento pulsional es legible. La necesidad de conocer a la mascota
amada, lleva a la niña a romperla, a matarla. Explica López-Luaces en Ese extraño territorio… que al
…volverse violentos, los niños
producen lo extraño, ya que la posición que habitualmente les corresponde o se
les adjudica es la de la pasividad, la de la debilidad, la falta de poder… (76).
La oposición Eros-Tánatos, que debería resolverse
positivamente triunfando Eros, es invertida y expone una resolución tanática.
Así Ocampo logra promover estéticamente lo extraño; poéticamente un discurso
cargado de esa fuerza interpeladora de la palabra dada y moralmente, poner en
interdicto la tradicional ecuación que plantea que los universos femenino e
infantil están compuestos por seres ‘impotentes’
según el modelo social imperante.
En “Icera”, como en “La naranja maravillosa”, el deseo por ser
otra y el deseo por no dejar de ser quien es, establecen la oscilación tensiva
de la trama. Así,
esos niños se enfrentan con el deseo de cambiar y con el castigo que esto
conlleva; pero que en ese mundo sostenido por sus propias construcciones, deseo
y castigo, son reabsorbidos por la maravilla y entonces, el castigo o la muerte
no son legibles desde la negatividad sino como formas en que se puede expresar
la multiplicidad estética. Estos niños responden con la multiplicidad propia de
la subjetividad infantil y entonces son capaces de interpretar y dar sentido a
la realidad que para los adultos puede estar fuera de control (López- Luaces
76). Se subvierte el poder de la razón y el del mundo adulto, se rompen los presupuestos
de la lógica porque
…las leyes de causa y efecto, por un
lado se muestran y se cumplen, mientras por otro llegan a extremos tan
inesperados que destruyen las mismas bases en que se sustentan… (López-Luaces
75-76)
Nora Domínguez cita a
Molloy, dice:
…en Ocampo “hay muchos niños. Ellos
tienen una destacada funcionalidad narrativa, estimulan los procesos de
significación cuando además son narradores o cuando cuentos adoptan sus
perspectivas, retienen una productividad asombrosa… (Domínguez 243)
De esta manera, los
niños generan ese mundo donde la experiencia es posible gracias a la
multiplicidad de la subjetividad infantil que manifiestan y donde hasta el
propio cuerpo es cuestionado en términos de los límites y determinaciones
biológicas.
La presencia del
cuerpo en el cuento “Icera” pone en cuestión la manipulación de éste desde una
estética victoriana y que recuerda a otros relatos como Peter Pan y Alicia en el país
de las maravillas en los que los niños –u otros en lugar de ellos- pueden
achicarse o agrandarse o permanecer para siempre como niños. Recuerda
López-Luaces que en este cuento se cuestiona el cuerpo y los límites de lo
biológico y determinado.
Asimismo revela una
relación materno/filial plagada de vicios y donde la madre no ha dejado de ser
niña motivo por el cual la hija puede actuar en esa relación disfuncional como
una muñeca. Dice el cuento en su comienzo “…No lo quiso para las muñecas (no
tenía ninguna) sino para ella misma…” (“La naranja maravillosa” 45) Tal
afirmación está precedida por la organización narrativa del relato que empieza
con un elemento deíctico que señala la instancia perceptiva del sujeto: “cuando
vio” y que es acompañada por el tiempo, el espacio, el sujeto y el conflicto
(presente de la historia, juguetería, Icera, juego de muebles para muñecas). La
acción de ‘ver’; es decir percibir desde esa situación subjetiva que unifica el
afuera con el mundo íntimo, establece el tópico: Icera percibe ‘eso’ que desea.
En el cuento, ‘eso’ que desea tiene una forma que es el juego de muebles pero
en realidad, ‘eso deseado’ es un cuerpo ‘otro’ diferente del suyo; ello es ‘el
cuerpo de la muñeca’. La acción de ver, la percepción, corresponde a un
universo ‘achicado’ donde toda la realidad obedece a ese efecto miniaturizador:
exigua cama, diminutos cajoncitos, sillita, jaboncito. Tal efecto es inscripto
por enunciados verbales que colaboran para construir esa referencia. Explica Giorgio Agamben que:
El juguete es aquello que perteneció
–una vez y ya no más- a la esfera de lo sagrado […] Lo que el juguete conserva
[…] no es más que la temporalidad humana que estaba contenida en ellos, su pura
esencia histórica. El juguete es una materialización de la historicidad
contenida en los objetos… (102-103)
Las muñecas funcionan
como reflejo de aquello que Icera no es; ellas se instalan como el objeto de su
deseo a la vez que se revelan como sus rivales. Su yo resulta expresado
–expuesto- en las muñecas; esas otras Icera son sus hermanas mejores (porque
tienen ‘eso’ que Icera desea: ese cuerpo) y por eso la niña las odia. Afirma el
cuento: “…Icera consideraba las muñecas como rivales; no las aceptaba ni de
regalo; sólo quería ocupar el lugar que ellas ocupaban…” (45-46).
Icera permanece
inserta en un universo recortado conforme su deseo, anula la posibilidad de
cualquier otra que pueda oponer el paso del tiempo –y el consecuente
crecimiento- a su deseo de permanecer siempre en el cuerpo representante de la infancia. Para ello
cuenta con una cómplice, su madre, que en esta historia funciona como otra
niña, la dueña de la muñeca que es Icera. La relación desproporcionada entre
Icera y su madre establece una realidad signada por el egoísmo propio de la
infancia, regida por el sólo deseo. El cuento asevera “… ¡Qué madre no deplora
secretamente el crecimiento de su hija!…” (47). El deseo no expresado de la
niña-madre de Icera y que, sin embargo, revela la crueldad que Ocampo intenta
señalar en el mundo, tiene poder performativo en el discurso de la niña-muñeca. Icera
dice y, así, fuerza la realidad a través de su enunciado: “…una frase que
repetiría incesantemente dentro de sí misma ‘no debo crecer, no debo crecer’,
detendría su ilusorio crecimiento…” (47). Pero además, el deseo de la
niña-muñeca logra concretarse porque ‘lo realiza’: “…diariamente se calzaba los
zapatitos, si se ponía el vestido, los guantes y el sombrero de muñeca,
forzosamente siempre seguiría siendo del mismo tamaño…” (47)
Afirma Agamben que los
niños representan la discontinuidad entre el mundo de los muertos –al que
pertenecen los adultos- y el mundo de ‘las larvas’ (123)
El país de los juguetes y el país de
las larvas diseñan la topología utópica del país de la historia […] los adultos
aceptan volverse larvas para que las larvas puedan convertirse en muertos, y
los muertos se vuelven niños para que los niños puedan convertirse en hombres…
(125)
Así es que las
palabras y las acciones ejecutadas sobre el propio cuerpo pretenden detener el
crecimiento, manipular el cuerpo y desestructurar el orden de la realidad.
El crecimiento y el
consecuente acceso al mundo de los adultos obligan a aceptar las prohibiciones,
convenir con lo reglado, abandonar el deseo propio.
El cuento narra sin
determinar el paso del tiempo –éste también detenido por el deseo de la niña-muñeca-
y la acción se ubica veinticinco años después del comienzo aunque en la
niña-muñeca no se perciba el paso del tiempo sino lo contrario, ella desea una
caja donde poder permanecer para siempre.
La multiplicidad y
uno
Los animales están
presentes en los relatos de Ocampo estructurando un mundo regido por relaciones
sociales que se pluralizan. Como en los cuentos tradicionales, estos animales
establecen una estrecha relación con los niños protagonistas de las historias.
“El amigo de Gabriel”, “Fuera de la jaulas”, “Timbó”, “Chingolo” son algunos de
ellos. El humano, generalmente un niño, tiene una relación de complicidad con
algún animal, doméstico o salvaje, eso poco importa. El hecho es que el animal:
un tigre, un puma, un perro o todos los animales del zoológico pueden
comunicarse verbalmente con los humanos sin que esto despierte ninguna sorpresa
en las personas. La aceptación de este otro orden hace que éste resulte
verosímil, que la multiplicidad (las realidades) se asuma como la construcción (la
mirada) de lo uno (el sujeto cognoscente). Volvemos a citar a Pezzoni “…la
presencia inmediata de lo maravilloso se ofrece a los niños […] los niños
corroboran la existencia de un orden para ellos habitual…” (7) Y no sólo en el
niño que entabla la comunicación –comunión- con los de otra especie sino que en
toda la diégesis se anula la explicación de esa presencia fantástica. El niño y
los que junto a él cohabitan el mundo saben y no se preguntan o dudan por la
existencia de lo maravilloso. La literatura fantástica que postula la
incertidumbre de los personajes y del narrador respecto del mundo que habitan,
es en los cuentos de Ocampo sustituida por una poética que no se ata a lo
inexplicable sino a la mera y natural aceptación de un mundo que es visto en su
completud. Por eso no necesita ubicar a sus relatos en territorios irreales,
los ‘lugares’ para que la acción narrativa se realice, porque son los
personajes los que le dan forma a un espacio
en tanto que se posicionan en esa acción de narrar, es decir, de ordenar los
acontecimientos percibidos.
Por otra parte, este
universo presentado por Ocampo apenas reconoce a los adultos en relación con
los niños, y si los hay no son los que representan el primer vínculo con lo
social (la familia). Casi no hay madres o padres, sí padrinos y madrinas que,
de alguna forma, simplifican la relación paternidad/filialidad. Así, la mayoría
de los niños están solos. Ante un mundo construido, se naturaliza la expresión
del egocentrismo del niño donde lo que prevalece es él en tanto cuerpo y su
deseo. Sin imposiciones externas, sociales, morales, el niño simplemente, es. Explica Paul Virilio que “…la falta
es creadora de una percepción extrasensorial…” (46), así que ante la falta de
un mundo ordenado y preestablecido por y de los otros –los adultos-, el niño de
Ocampo, crea uno propio.
La palabra maravillosa
Al igual que Claudia y
Virginia, los lectores de La naranja
maravillosa están invitados a recorrer las callecitas poco probables pero
existentes de un territorio extraño, que sólo el que está predispuesto con el
deseo a flor de piel, puede cartografiar.
La palabra poética
–maravillosa- de Ocampo se abre para abrir a la vez un mundo-otro, subrreal en
el que los animales hablan pero no enseñan, los niños no le temen a la muerte
ni a los castigos, los adultos son malvados hasta llegar al extremo del sadismo
pero no traumatizan y la soledad no es sinónimo de abandono sino la
representación más cabal de un universo capaz de ser uno y muchos al mismo
tiempo.
Los cuentos presentan
a los niños capaces de ubicarse en la realidad terrenal, en el Paraíso, en la
piel de los animales o en lo inanimado de una caja de muñeca. Niños que no
respetan los límites que los otros –los adultos- han fijado en el espacio, en
el tiempo y en los propios cuerpos. Por eso, esos niños ‘desobedientes’ de la
lógica de los adultos, experimentan y, al hacerlo, crean. Esos niños
‘naturalizan’ lo extraordinario y, al hacerlo, crean. Esos niños se pronuncian,
voces de la infancia que dicen y crean un mundo del tamaño de la mirada.
[ii] Este capítulo es una
parte de un trabajo más amplio acerca de la obra narrativa de Silvina Ocampo.
Aquí considero sólo algunos de los cuentos considerados –e incluidos en
antologías- para un público constituido por niños y niñas. Muchos otros cuentos
de Ocampo tienen como protagonistas y/o narradores a niños.
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(*) Valeria Badano nació en Luján, provincia de Bs As, República Argentina. Es profesora universitaria en Letras; Licenciada en Letras con orientación en Lingüística Por la Univ. De Morón. y Especialista en Estudios acerca de la Mujer y del Género . Es escritora. Es miembro del Consejo Editorial de la revista Alba de América. Trabaja como docente e investigadora. Ha publicado, entre otros, Escribir para chicos. la infancia y las escritoras.